3203954128_9aa649613e_o

Mil tambores: cambiemos la mirada

Hace solo unos pocos días se realizó en Valparaíso una nueva versión del Carnaval de los Mil Tambores y como todos los años, luego de su paso, se instaló un debate público por parte de las autoridades, un sector de la comunidad local y los medios de comunicación tradicionales, tendiente a cuestionar la pertinencia de su realización.

Los argumentos que se vierten se repiten: el deplorable estado en que quedan ciertos sectores de la ciudad, el consumo desenfrenado de alcohol imputable sólo a los jóvenes, el foco de delincuencia que se genera, el colapso que se produce en la ciudad por la llegada de miles de afuerinos, que no es una actividad propia de la cultura porteña y que poco y nada le deja a Valparaíso.

Vamos por parte. Lo primero que hay que señalar es que los Mil Tambores es un carnaval, es decir, una fiesta popular que tiene como telón de fondo a Valparaíso, puerto de poetas, escritores, bohemios y catalogada como patrimonio de la humanidad. El carnaval, como cualquier otro, es alegría desbordante, rebeldía ante lo establecido, suspensión del orden. La ciudad no es la misma por unos días, su rutina cambia, los cuerpos se pintan y el rostro se oculta. Se convierte en un gran escenario para la libertad y la creatividad de miles, llenado actrices, actores, músicos este gran anfiteatro, como lo denominara el actual director del Parque Cultural de Valparaíso (ex Cárcel).

Es este mismo carácter el que hace que sea una iniciativa única de reapropiación y ocupación ciudadana masiva del espacio público. Ese espacio que por décadas se encuentran en “situación de abandono”, entre diversas razones, por la falta de una mirada integral de desarrollo para la ciudad de las autoridades o por la complicidad que tienen estos mismos con un modelo cultural que prefiere que porteñas y porteñas utilicen su tiempo libre en espacios de consumo. Son las calles, plazas, barrios y cerros al calor de un colorido pasacalle y no grandes malls que producen cultura chatarra, los que vuelven hacer el punto de encuentro entre los comunes. No se trata de un concierto cerrado sino de una ópera abierta.

Incluso desde una arista económica supone un invaluable aporte a la ciudad, ya que el traslado de miles y su permanencia temporal, supone números azules para el pequeño y medio comercio, tan golpeado por los grandes holdings nacionales e internacionales, y la industria turística local.

La realización de actividades masivas que utilizan espacios públicos no son algo extraño para Valparaíso, sino más bien una deseable constante (recordemos las marchas, eventos deportivos, fiestas patrias, año nuevo y otras tantas actividades culturales y sociales). Afirmar que estas son la fuente de temas como la falta de cuidado, la afectación del espacio público o de la falta aseo y salubridad pública, sería estrechar demasiado la mirada y negarse a reconocer que estos problemas responden a cuestiones más graves y profundas vinculadas a la “situación de abandono” de la ciudad, como consecuencia de gobiernos regionales y comunales desapegados de los intereses mayoritarios.

El uso del espacio público en la ciudad ha sido tema de unos pocos, el ciudadano de a pie no tiene soberanía sobre lo que se hace en Valparaíso. Y a pesar de que los medios de comunicación masivos se esmeran en mostrarnos las toneladas de basura que dejan los festejos y el descontento que generan, existe también descontento a causa de proyectos inmobiliarios, portuarios y comerciales que reducen áreas verdes, cambian el uso del suelo y alteran el escenario de la ciudad. Lo que nos genera descontento no es sólo la falta de cultura para el manejo de la basura (que es un tema planetario), sino que la falta de poder para determinar el uso de lo que debería ser de todos

Por eso, los verdaderos problemas que pone en escena Mil Tambores, a fin de cuentas, son los mismos que arrastra Valparaíso por décadas: por una parte, la falta de una estrategia de desarrollo de largo plazo que permita la vida plena de sus habitantes cuya más nítida consecuencia es la casi inexistente inversión pública en infraestructura urbana (en los últimos quince años, la ex cárcel y el estadio de fútbol) que hace que la ciudad no esté preparada suficientemente para eventos de esta envergadura; y por otra, la incapacidad de las autoridades locales y regionales para hacer bien la pega y asumir una gestión pública moderna y al servicio de los ciudadano que, entre otras cosas, suponga una inversión pública y política integral de aseo y salubridad pública para la ciudad inexistente hoy a nivel urbano.